martes, diciembre 31, 2019
80
Para los demás llevo una bandera de que es imposible enojarme con las personas, que pelear conmigo es un mito porque no hay en mí una sola vena iracunda. La verdad es que me enojo fácil e intensamente. Fuese sólo en raras ocasiones, sería soportable, pero es constante y, por las cosas más nimias que existen. Soy incapaz de enojarme realmente cuando alguien me miente, engaña, abandona, traiciona, hiere, humilla... que son razones válidas para enojarse; estas cosas sólo me ponen triste. Me enojo por razones válidas cuando alguien le hace esas cosas a la gente que amo, pero aún así, soy rápida al perdonar y construir de las malas situaciones. Por lo que realmente me enojo todo el tiempo son por insignificancias: que usen mi taza, que me descuadren mi cuenta de Netflix, que me toquen con los pies, que aún sabiendo que no soporto el color amarillo lo usen adrede cuando estoy, que cojan objetos míos sin avisarme, que me dejen esperando, que no respeten mi soledad y quieran empujar una conversación por mi garganta, que no sigan las inofensivas reglas que establezco para algunas interacciones, entre otras. Casi todas estas bobadas tienen en común un denominador: hacen referencia a los límites establecidos por mí. Y eso es lo que me da rabia, el quebrar todas estas normas sociales que repito frecuentemente a mis allegados quiere decir sólo algo: no me importa los límites que pones, Gaby. Que se traduce básicamente a "no me importas Gaby". El verdadero problema yace ahí, son estupideces para enojarse con los demás, pero son tantas cosas pequeñas que se acumulan en grande y mi rabia es una rabia grotesca, es una rabia que me hace odiar a la gente, querer herirla. Y yo no soy así. Yo amo a los que amo y, a los que no, veo potencial de amarles. Pero el enojo no muere, el enojo vibra en cada célula viva en mí y se redirecciona. A mí. Me enojo conmigo por ser tan pusilánime de no pararme frente a la incomodidad y agresión (digamos que leve) que me hacen las personas. Porque tampoco puedo confrontar, no porque se me imposibilite si no porque no me da la gana. El conflicto es un desperdicio de energía y tiempo. Entonces esa ira se queda en mí como cera de una vela, que cuando la llama arde está líquida y candente y, poco a poco se enfría y solidifica pero cuando la llama se enciende vuelve a desbordarse, acumulando más con cada nuevo enojo. No sé si haya un límite de cuánto puedo guardar sin hacer retrocesos pero por eso estoy escribiendo esto, porque he tomado la decisión de ya no enojarme por aquello que no es mi culpa, de no tomar la responsabilidad de otros como mía. Y sí, tal vez esto me va a llevar a los caminos de la confrontación que tanto evito pero yo lo único que quiero es que no usen mi mug, no es mucho pedir.
martes, diciembre 24, 2019
79
Hay algo increíblemente satisfactorio con el estar cómodo consigo mismo. No me había dado cuenta que me sentía así hasta que alguien más me lo hizo saber (como siempre, me doy cuenta de mis progresos a través de otros). Muchas años pasé resignada a la ansiedad de vivir en este cuerpo y pensar con esta mente, luego entendí que la resignación no era la única opción pero después me desbordaba la angustia de no poder obtener el cambio que tanto necesitaba. Ahora, que veo que estoy al fin tranquila, que he obtenido lo que trabajé con empeño y esfuerzo, siento que ya puedo comenzar a vivir como el resto hace. Apenas estoy naciendo y, claramente, siento rabia al saber que voy de última pero es gratificante el ver que ya no estoy estática, al fin me estoy moviendo, avanzando.
jueves, diciembre 05, 2019
78
Siento que no hice un duelo. No, estoy segura que no lo hice. Las dos primeras semanas les dije a todos y todos me apoyaron. Después pensé que no debía ser cansona y dejar de hablar de ello parecía una buena idea, un tiempo prudente para organizar mis ideas. Y luego comencé a salir con alguien más, con un tocayo, "Eureka" pensé "voy a resignificar su nombre", y después ya ni pensaba en eso. Hasta ahora que estoy de nuevo acá, y hay tantos lugares manchados con su aura, y que el tocayo parece deslizarse de mi vida (sin ser un evento dramático). El ir y venir entre estas dos ciudades me desgasta porque usualmente no sé cuándo vuelvo y cuándo voy; mi vida sin horario ni calendario parece ser increíblemente terapéutica pero por supuesto llega diciembre y consigo trae el peso más aberrante de todos: mi amor extravagante por las festividades que va de la mano de la gente que amo y la gente que amo que inevitablemente incluye a personas que ya no están, como él. Ese sentimiento de fastidio cuando me di cuenta de su interés (para mí, culpable y pequeño) por saber de mi bienestar. Pues qué podría decir, estoy bien, de alguna manera u otra soy la campeona de "eventualmente estaré bien" y de "a pesar de todo estoy bien", porque sí, en eso no se equivocan, soy fuerte y resiliente y valiente y optimista y estoy montada en un pedestal de supervivencia. Pero Navidad, a veces quisiera que alguien tomara el rol que yo misma me asigné, que organizaran las actividades que maquino para traer un poco de espíritu festivo a aquellos que tienen desesperanza en esta época, que me sostuvieran sin necesidad de yo estar casi derrotada. No puedo tener eso porque lo que pienso realmente es que perdí mi kindred spirit, y obvio me culpo pero sabés qué, no es mi culpa, es culpa de su debilidad, y es un defecto lo débil que es. Recuerdo toda la nutrición que le di y que dio resultados inverosímiles, lo mucho que creció y se fortaleció y, después recuerdo que me dijo que era difícil quererme y acompañarme en el mundo y eso es mentira, esa es su debilidad. Menos mal he aprendido (a las malas) mi valor y que quererme no es difícil, que soy increíble y tuve la fortaleza de correr de ese lugar. Sólo espero (porque como siempre, me es imposible odiar o desear el mal) que cuando él encuentre su kindred spirit este le corresponda y no le haga creer que es difícil quererlo, porque no lo es.
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