viernes, enero 31, 2020

82

Since my last attempt to kill myself I started to ask myself a question when I feel going down that path again: what things would I've missed out if I have succeed in dying a year ago?

And honestly, it changed me. My whole perspective of life encountered a motivation. The things my eyes saw, my ears listened, my mouth said, my skin felt.

It's not a enough, though, because life always seems to be hard when is lived in present, but is definitely better when is watched from the future, at least now it is.

domingo, enero 26, 2020

81

Estaba sentada en un pastizal, Sebastián a mi lado, Canela correteando alrededor y, escuchaba todo lo que estaba fuera de mí y nada de lo que estaba adentro. Fue uno de esos momentos que te esfuerzas por retener en la memoria para devolverte a ellos cuando lo necesitas. En parte lo logré, porque comencé a nombrar las cosas: el ardor del sol de la tarde en la piel del rostro y el frío que quema, la hierba con un rocío tibio pero fresco, el leve sonido del agua contra las piedras del riachuelo a mi lado derecho, el galope de la perra explorando el lugar, la respiración suave de Seb, el viento contra los árboles y entre ellos, el olor del bosque de eucalipto y pino, mis palmas mojadas de apoyarlas en el suelo, los pulmones arrebatados por la entrada súbita de aire.

Cuando tenía 16 años visité a mi papá en Bogotá, después de haber explorado lo que le parecía relevante de la capital y las ciudades alrededor, decidimos ir a Villa de Leyva. Era lo más oriente y norte que había visitado en el mundo. El día previo, al enterarse la gente de mi viaje próximo, hubo una exclamación unánime: Boyacá es el lugar más bonito de Colombia. Lo tomé como exageración de los locales, además que mi amor por el paisaje valluno es exagerado y fanático. Partimos en la mañana muy temprano, el sol no había salido, así que me dormí en el carro. Un par de horas después me despertó mi papá "ya estamos en Boyacá, vamos a desayunar". Lo primero que vi fue el color más intenso de verde que había visto en mi vida; ocurriendo naturalmente. La razón del porqué me gusta tanto el Valle es por su verde, precisamente, es tan verde que parece artificial. Este verde era casi ficticio. Después de eso no pude volver a dormir hasta que llegamos a Villa. La observación que hice desde la ventana va a quedar quemada en mis neuronas hasta que muera.

Después de ese viaje cambió mucho mi perspectiva hacia viajar (siempre me pareció aburrido y molesto viajar largas distancias, perdiendo prolongadas horas por ver otro pedazo no sorprendente de tierra): tal vez, a veces, bajo ciertas circunstancias, viajar no era tan tedioso.

Es después de diez años que pude volver a Boyacá y, esta vez explorando muchísimo más que en mi anterior visita. Siento que mucho del paisaje fue mi imaginación por la manera en que recuerdo las cosas, escenarios etéreos. Imágenes sacadas de la fantasía literaria. Sin embargo, lo que mis ojos apreciaron es nada comparado con cómo me sentí. La calidez de las personas y el refugio que te ofrecen. La inmensidad abrazándote, haciéndote suya. Cada lugar al que he ido y he podido ver la belleza, cómo ha estado antes que yo naciera y estará después que muera, han sido pequeños episodios de mi renovada apreciación por vivir pero nunca, ninguno de esos lugares, me hicieron pensar "podría renunciar a todas las comodidades, lo vano y conocido, por pertenecer a este lugar por una fracción de su tiempo y la totalidad del mío". El valle de Sogamuxi lo hizo.

Llegué a mi casa pensando en escribir esto, pero me tomó un par de semanas porque no estaba segura si de verdad sentía lo que sentí o si era la ilusión del paraíso, el querer algo sólo porque es distinto a la realidad, a la cotidianidad pero, ¿realmente importa?