Pensé varias veces que me iba a morir, pensamientos reales. Pensé el estado de mis redes sociales para siempre y cómo organizarían mi habitación, lo que harían con mis cosas. Luego pensé que no iba a morir nunca.
Lo más irreal es ver a la gente caminar en la calle, los carros hacer ruido pero sin realmente escuchar nada. Me pegaba a la ventana y podía escuchar muy levemente las bocinas de los carros y motos, la gente vendiendo fruta y gritando. Veía como el viento golpeaba las palmas e imaginaba los golpes. El sol penetrante sin sentir el ardor en mi piel, ni las gotas de lluvia en mi ropa.
Nunca me había molestado tanto estar hospitalizada. Intenté salir a caminar pero era la misma habitación, diez metros más grande, así que no volví a salir. El olor estéril, el sonido raquítico, la luz constante de los pasillos. Creció poco a poco ese sentimiento de liberarme de ahí, me odié por estar tan enferma y que venir a mi casa no fuese una opción. Creo que lloré más de la frustración que por dolor. Todavía recuerdo como me la pasaba en la ventana intentando escuchar algo real.
Me imaginé que al salir iba sentir el viento y deleitarme pero fue un choque de todo. El ruido de afuera me abrumó mucho. Cuando estaba en el carro mirando hacia afuera quería vomitar, era demasiado, toda esa gente haciendo todo ese ruido. Quise volver a la clínica por unos segundos.
Tal vez por eso no he salido mucho desde que volví, me da miedo todo, se ven muy agresivos todos esos estímulos.