miércoles, octubre 14, 2015

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El asunto con un día bueno y un día malo es que cuando tengo alguno no puedo recordar cómo es estar con el otro. En un día bueno siento que ya se solucionó el problema, superé los obstáculos y estoy totalmente curado. No me acuerdo de las lágrimas como son, ni de los gritos ni de los nudos en la garganta, sólo pienso que está en el pasado.

En un día malo, como hoy, como la mayoría de días, pienso lo que creo es la verdad: no me voy a mejorar, todo esto que sucede nunca va a dejar de suceder, lo que pienso nunca se va a ir y lo que siento va a ser mi ley. Por supuesto, es peor seguir pensando eso, reafirmar la idea, pero no es tan simple. Ya nada es simple. Ya no sé si mi color favorito es el rojo. Ya no sé si Vienna es mi canción favorita o si la escucho porque su letra me dice que espere. En un día malo lo único bueno que recuerdo es como algunas personas me trataban, un trato que ya no existe, de personas que tampoco existen. En un día malo lloro demasiado. Mi mamá ya no me pregunta cómo estoy, sólo sigue con su vida, porque sabe que yo seguiré con la mía después. Y eso me entristece, porque algún día no voy a querer aguantarme esto, y voy a hacer algo al respecto. Me pongo pequeñas metas para justificarme el porqué sigo aquí. "No puedo irme todavía, debo hacer esto". Pero la energía se acaba. No tiene ningún sentido. Y maldita sea como extraño a Gustavo.