Las luces titilando, el aroma no existente pero penetrante que sólo surge en los inviernos tropicales y que anuncia "es diciembre, es navidad". Aquí de nuevo, en el mismo lugar, un poco más, un poco menos. Se camina por los mismo suelos queriendo diferentes pasos, soñando, siempre soñando ¿algún día se deja de soñar? Esto es un entrenamiento para lo inevitable.
El terciopelo rojo con un poco de polvo, que ya no se puede quitar realmente porque mancharía la tela entonces se sacude de vez en cuando, para evitar que se acumule, pero no se puede evitar estornudar. El dorado de mil caras, todos diferentes pero todos siendo uno sólo: oro falso que refleja riqueza superior a la material. ¡El verde! Tantísimo verde que se esconde pero abarca todo, un sólo verde, verde plástico, verde de fibra, verde que es suave, verde madera, verde material que no sé qué es ¿vidrio? ¿cerámica?, verde en metal. Y blanco, como si de acentuaciones fuese aunque sea protagonista. Una campanita sonando eterna y levemente. La abundancia que ha recedido pero que en perspectiva parece mayor. Tantos puestos en la mesa, listos para ser ocupados, y que ni siquiera se moverán. Ahora la casa parece más caótica, realmente es mucho más silenciosa entonces los pequeños momentos de ruido resuenan. Lo más típico que pueda existir de esta época es el desamargado, el intento sobrenatural de cambiar la realidad, así sea sólo por un mes. Así sea sólo por esta Navidad.