El sol se escapaba entre las nubes. Abrigos rojos. Vestidos del color del cielo ondeando y dando vueltas. Risas mudas. Olor a recuerdo, mientras el viento va y viene con fragilidad, a penas acariciando el pasto verde, tan verde. Una capa de inocencia cubre todo el mundo por unos minutos luego se resume a lo cotidiano. La cerveza calentándose, con las gotas de sudor bajando por el grueso vidrio de los vasos bávaros. Bombillos amarillos. Flickering. El ambiente queda mejor bajo esa luz cálida, se siente como un hogar. Todo es cálido también, el aire tibio te acobija, arrulla. Pones un pie afuera entonces el frío te corta los ojos y las mejillas. El suave rojo de ellas se torna azul. La noche va juzgando cada paso hecho, provocando un eco lastimero. Las vías retumban con chillidos, hoy peor que nunca. El metal se queja de la rutina, la pobreza, la muerte, la falta de amor. Pero adentro parece que el sonido que provoca no existe, una pequeña burbuja decorativa. Sacúdela. La contradicción es un pastel con crema de arco-iris con sabor a vinagre. Todas estas imágenes intentan aturdir hasta la más nobles manos para que vayan a un ritmo escogido por pequeños y tristes reptiles. Están tan cansados y tristes, no saben porqué lo hacen, pero lo siguen haciendo. Con unos cuantos saltos ya el ritmo queda lejos y cada vez más cerca la suavidad de las telas de cuadros, viejas pero limpias. Parece eterno, caminar no funciona, el pie baja toca el suelo y se arrastra solo hacia atrás, el pie sube, el pie baja, el pie sube, la calle se estira en fractales; se puede ver cada vez mejor las pequeñas hendiduras del asfalto, las hormigas salen y escalan las piernas. La mirada se agranda, los pulmones se secan. Entre un estante y otro, uno real al cual llegar. La piel se electrifica. Y todo cae.
Tengo sed. Despertar da sed.