lunes, febrero 27, 2017

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Sueño mucho. No recuerdo la última vez que dormí y no soñé. Es como llevar dos vidas, una despierta y otra dormida. En mi vigilia todo es más plano, gris, insaboro; todo tiene una instrucción y una consecuencia, la vida es predecible hasta el más mínimo detalle, lo que se hace llamar sorpresa es sólo una situación de una probabilidad menor. Pero en la vida onírica, nada está dicho; las imágenes se transforman en sonidos y los muertos reviven, sé volar y nadar, soy persona y animal, cuando sueño he muerto tantas veces que vivir es inhalar y fallecer exhalar.

Me debato si necesito dejar de soñar tanto, si fuese así tal vez mi vida despierta sería más vívida, la querría más, la sentiría mejor. Sin embargo, si dejara de poder ver a quienes ya no están estaría muy triste, el abrumador peso de la realidad y la constante nueva información irían borrando de mi memoria a aquellos que amé y me dejaron, sólo cuando duermo vuelven a vivir. Sólo así puedo tener nuevos recuerdos con ellos, y creo que eso hace que todas las pesadillas valgan la pena.