Ayer cumplió 22 años. Fuimos a dar una vuelta por el bosque después del lago y cuando llegamos amarramos los caballos, extendimos un mantel y desempacamos la comida. Tomamos de ese vino que habíamos guardado desde enero y comimos la merienda. Por supuesto, mermelada de mora y queso. El pan estaba fresco y crujiente al tiempo, todavía emanaba el olor a la harina virgen. Leímos libros aún no escritos y hablamos, hablamos toda la tarde de cómo estaban las cosas en la ciudad y cómo estaban las cosas donde él. Le pregunté que si extrañaba estar acá. Estuvo en silencio jugando con las hojas por unos minutos y cuando había desistido en una respuesta dijo "No, no realmente. A veces creo que lo extraño pero es mentira; es deseo de que mi familia estuviera aquí, tal vez... y ustedes. No los extraño, pero estaría bueno que estuvieran acá. Gracias por venir, eh". Le dije que nosotros si le extrañábamos y que posiblemente su familia más, pero que yo sentía que era la que más le extrañaba y a veces, le necesitaba. También le dije que ya no era más "ustedes" y que no había podido cumplir ninguna promesa (y que dudaba de poder cumplir la última), que él ya no era igual, por supuesto había cambiado, y ya no le quedaba nada sublime, quedaba todo mundano. Asintió y agarró mi mano, la suya fría y húmeda, incómoda y tan familiar, y dijo "Yo estoy feliz acá, él es feliz allá. Cada uno con su mundo. Hay que encontrar el tuyo. No puedes seguir de luto por alguien que está vivo".